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05 Jan

DE PREGONES Y PREGONEROS un relato de Augusto Sarmiento

Publicado por larachelamemoriafragmentada

     Ya mediada la tarde, se percibía a lo lejos aquel cántico cadencioso : Yabaaaan culubán, ....Yabaaaan culubán,... Yabaaaan cuuuuluuuubaaaan.

Era como un grito de guerra.

Cuando empezábamos a oír el pregón, allá por la Plazoleta, parecía como si se pusiera en marcha, en toda la chiquillería menuda de la calle, un resorte automático. Se dejaban los juegos que en ese momento tuviéramos entre manos y salíamos disparados a nuestras casas.

Y empezaba entonces la batalla mas difícil : conseguir que nos dieran unos reales para comprar aquel preciado dulce, y eso , en aquellos entonces, era tarea ardua. Porque las economías domésticas de aquellos lares, no eran lo suficientemente desahogadas como para permitir tantos dispendios. Sobre todo si antes había pasado otro pregonero : el barquillero.

No obstante, eso para nosotros no eran razones.

A los que se les consentía, insistían, insistían e insistían hasta conseguir al menos un real con el que poder saborear yaban culuban, ( ese caramelo pegado alrededor de un enorme palo, que el pregonero solía llevar sobre el hombro, cubierto con un paño blanco para protegerlo de las moscas ) que , entonces, nos sabía a manjar del Edén.

Era el caso de Pepito Marín, o de Tomasito Díaz quienes, con unas cualidades histriónicas innatas fuera de lo común, montaban tales pataletas, tales pollos, tales llantinas , que sus madres, por no escucharlos, solían sucumbir y terminaban dándole alguna moneda.

Hoy, cierro los ojos y todavía percibo sus rostros victoriosos, llenos de satisfacción y de mocos, con los párpados aún húmedos por los restos de las lágrimas, pero resplandecientes de alegría, mostrando entre las puntas de los dedos alzados, a modo de trofeo, la moneda o monedas que les iban a permitir acercarse al pregonero del yaban culuban.

Conforme se volvía a la calle, se iba comparando el valor de lo conseguido : ¿Tu cuánto?.....yo ¡ dos reales ! .¡toma ya! Los que no habían conseguido nada, quedaban a la expectativa, en silencio, hasta que nos volvíamos a reunir todos de nuevo y, el que más dinero había conseguido, o el que fuera el “capitán” de la pandilla, daba el grito de ataque : ¡ Vamos ¡

En tropel, salíamos corriendo al encuentro del pregonero ; los más decididos o los mas “ricos”, delante, los menos, a la zaga, pero todos juntos, y nos arremolinábamos a su alrededor, gritando alocadamente.

El pregonero hacía entonces gala de su oficio y de su maestría para domeñar aquella algarabía y, con una parsimonia casi ritual, se apeaba el palo pringoso del hombro, lo apoyaba en el suelo y desliaba el paño que lo cubría. Aparecía entonces a nuestra vista el cilindro de caramelo blanco, reluciente y brillante, moteado de ajonjolí o sésamo, y la boca se nos iba haciendo agua.

Primero ponía orden : “ ninio,..... tranquilo”.

Curiosamente....obedecíamos.

Luego señalaba al más dispuesto o al que más dinero mostraba : “ tu cuanto quiri “

Dicha la cantidad, se sacaba del bolsillo de los saraueles aquella navaja peculiar, puntiaguda, de hoja curva y mango de madera torneada, y empezaba a marcar sobre el propio palo y a ojo de buen cubero, una tira de yaban culuban.

Surgía entonces esa costumbre tan de la tierra : el regateo.

Se discutía sobre si cortaba poca cantidad o no, hasta que se llegaba a un acuerdo y , previo pago, le entregaba al elegido la tira de caramelo. Después iba atendiendo a los demás de uno en uno hasta que finalizaba la venta.

Algunas veces, se compadecía de los que no habían tenido dinero para comprar y, bondadosamente, recortaba los filos irregulares que habían quedado de los cortes anteriores del caramelo, y los repartía a trocitos pequeños.

Si no se conseguían recortes, se recurría entonces a los que habían podido comprar. Bastaba con echar el brazo por el hombro a cualquiera de ellos, para que este mordiera un trozo, en ocasiones ya chupeteado, y lo compartiera con el demandante. ( ¡Cosas de la Madre Naturaleza! Por esos entonces los gérmenes no debían ser tan patógenos, o quizás, el no saber que existían, hacía que estos fueran menos agresivos. Como mucho, solíamos compartir unas “boqueras”, que se curaban solas, o con agua y sal, o con unas pocas aplicaciones de Pomada Pental.)

Repartido el caramelo, el pregonero volvía a liar el paño, se echaba el palo al hombro y reiniciaba aquel cántico cadencioso que era su pregón, perdiéndose por las calles aledañas en su búsqueda de otros niños a los que endilgar su mercancía.

Nosotros ya ni notábamos su presencia, porque , con el trofeo en nuestro poder, sólo nos volvían a preocupar nuestros juegos.

yebam-kulubam.jpg

El Yaban Culubán eran una de tantas y tantas cosas que se pregonaban por las calles.

A voz en grito se vendía el pan. Y a voz en grito se pregonaba el pescado... y la verdura, y la fruta,...... ¡ los chumbos ¡.... y hasta la correspondencia se repartía a voz en grito.

Algunos no pregonaban productos, sino servicios : El afilador, con su enorme rueda y aquel pito multitono que hacía que alguna que otra vecina, cuando lo oía, cruzara los dedos para espantar a la mala suerte porque, según decían, traía el calino.

O el latero, que con unos medios rudimentarios y con mas arte que ciencia, parcheaba las picaduras de las cacerolas, ollas, cubos y demás vasijas metálicas y les prolongaba el uso y la utilidad durante un porrón de tiempo más.

Habían pregoneros que eran ocasionales, en función de la temporada o del producto, y cuando irrumpían en la calle con un soniquete nuevo, que no resultaba familiar , no era raro oir aquello de “ ¿ Y ese que pregona ?

Otros eran perennes y constantes. Tan constantes que constituían hitos de tiempo en la vida cotidiana. Marcaban las horas del día, y sus pregones llegaban a formar parte de los sonidos y ruidos familiares del barrio.

Así, en mi calle, el primero era el panadero. Con aquel grito gutural del que solo se entendía las ultimas silabas “ .. aderoooo..”, que me servía a mí para iniciar la salida hacia el colegio y que provocaba la primera reunión de vecinos en la calle. Y provocaba el primer intercambio de saludos y de buenos días alrededor del carro y el primer paseo de talegas. De esas talegas blancas, que constituían un lucimiento de bordados primorosos en una de sus caras , con la palabra PAN en letras multicolores, de grafía gótica, inglesa o latina, orladas de cenefas espigadas o envueltas en un perímetro de florecillas diminutas.

A media mañana se solía pregonar el pescado : “ María... bacrone frehco.... hurele frehco “.

Si el producto era realmente fresco y el precio resultaba asequible, se corría rápidamente la voz entre las vecinas y salían juntas a por el pescado.

No había como presenciar un corro de “Marias” alrededor del pregonero, apoyándose unas a otras y tratando de apabullar al pobre pescadero “ ¿A cuantoooooo? Huy que caro”...o...” A mí me despachas bien, que el otro día me metiste la bacalá “

Al pregonero no le quedaba otro argumento que sonreir y mostrar las agallas rojas y brillantes o, en el caso de los boquerones y sardinas, los ojos relucientes y casi vivos.

“Saniora... ¡ mera qui pichcao ¡” “ Ehta maniana ihtaba saltando in la playa ”. Las Marías asentían entre sí, sin demostrarlo, y terminaban llevándose el mejor pescado del mundo

Casi al tiempo que el pescado , se pregonaba la fruta, las hortalizas.... las verduras....

La peculiar forma de pronunciar de los pregoneros hacía que algunos pregones resultasen cómicos, como el de “ hay higos dolses y frehcos” o aquel otro que era la comidilla de todos y que pregonaba hortalizas. Cuando aparecía, todos prestábamos atención : “ Maria... piminto barato, tomate barato “.... y, al llegar a la cebolla, gritaba “ Maria... sifoia barato”. Surgían entonces las sonrisas socarronas de los adultos y estallaban las carcajadas cómplices de nosotros , los chiquillos, a los que rápidamente se nos mandaba callar entre el regocijo de todos.

Y en verano, próximos a la hora de comer, ¡ los chumbos ¡ Ay.... aquellos chumbos ! ¡ A veinte la peseta ¡ Los había verde pistacho, verde oscuro, amarillos, ocres... morados y, los que a mí mas me gustaban, los rojos encarnados. Acudíamos con la fuente en una mano y el dinero en la otra y con la advertencia siempre tópica : ten cuidado que no te los vayan a dar malos. ¿Malos? ¡ Si aquello era manjar de dioses ¡

Antes de llegar a la casa, mientras subía las escaleras, me hincaba dos o tres chumbos del tirón y con los mofletes estallando, entregaba la mercancía, recibiendo siempre la misma reprimenda : ¡Niño!... No te hinches de chumbos antes de la comida. Daba igual. Al dia siguiente lo volvía a hacer.

Entre los pregones curiosos, estaba el del Tarrahh, que era ( y seguramente sigue siendo ) ese personaje familiar e indispensable en los barrios periféricos.

Se encargaba de recoger, directamente de las casas moras, el pan amasado y recién levado, y lo llevaba al horno público, al “ farrán “, utilizando unas plancha de tablas que portaban en equilibrio sobre la cabeza. Luego, lo volvía a entregar, recién cocido, en las casas de las que lo había recogido. Todo a cambio de unas monedas o de su pago en especie ( una parte del pan que se había horneado ).

Siempre me llamó la atención la habilidad de los tarrahh, que podían caminar con dos y tres tablas sobre la cabeza, sin caerse ni ellos ni la mercancía y sobre todo, me llamaba la atención el hecho de que , a pesar de llevar “amasadas” de varias casas, nunca confundiera los panes.

Y....en cuanto a pregoneros...los hubo populares, como El Calero con su “ Ye boi, calentitos de hoy.....” , pero no puedo dejar de recordar a uno al que tenía un enorme respeto y cuya vida bien merecía ser objeto de una biografía exclusiva : era Diego el lechero. Nuestro lechero.

Diego Alcantara, que allá en sus años mozos y desde su Rio Genal natal , se hizo revolucionario por imperativo natural, y no por pose estética o intelectual.

Participó en la Guerra Civil y llegó a ser comandante miliciano y, tras la derrota, se vino a nuestra tierra a rehacer su vida.

Y, a fe que la rehizo. Sin rencores, sin hacer proselitismo. Y haciendo siempre gala de su enorme sentido agrario de la igualdad y de la justicia.

Predicó con el ejemplo y creó una nueva familia con su Jadduch, con la que tuvo otros cuatro hijos , sin mas contrato social ni más compromiso que el de su propia integridad moral.

Todo esto que relato viene a cuento porque, hace unos días, reviví un hecho inusual en estos tiempos : El pregoneo de un afilador.

Era gitano y, en lugar de una rueda arrastrada a mano, llevaba una motillo a la que había acoplado una transmisión para mover la piedra de afilar. ¡ Pero seguía utilizando el mismo pito multitono de entonces ¡

La motillo seguramente era más vieja que la que el Cortés o el Semanué tuvieron en su día , pero resultaba pintoresco ver la utilidad que le daba y el ingenio del afilador para fabricarse una amoladora a la que no tenía que mover a pedal.

Llamó la atención entre la gente de los alrededores. A pesar del infernal ruido del tráfico, a pesar del estruendo de altavoces que suenan por doquier, aquel sonido melodioso y sencillo de un simple pito , con un nivel sonoro mucho más bajo que el ruido ambiente, hacía que la gente se fijara en el dichoso afilador. Y aunque casi nadie le acercaba cosas que afilar , se oían los típicos comentarios de regocijo, sobre todo de la gente “mayor”, por lo novedoso del tema , aunque fuera algo ya muy antiguo y en desuso.

Y a mí me trajo inevitablemente al recuerdo, a aquellos otros afiladores de nuestra infancia, .... y a los lateros... y a los panaderos....y a aquellos rituales de los pregones por nuestras calles.

Hoy, es obvio, todo es más higiénico, más aséptico. Ya nadie repara una cacerola picada ¡ Faltaría más ¡

Ni se afilan cuchillos o tijeras. Es más barato y más cómodo comprar en el comercio una colección de utensilios de Arcos, que para eso estamos asentados en la sociedad del bienestar. Que para eso nos hemos acostumbrado al usar y tirar. Es el sino de la nueva cultura.

Pero a mí me sigue produciendo un cierto regusto acordarme de la gutural llamada del panadero de mi barrio. Me sigue produciendo un cierto regusto el cachondeo de nuestras madres, apabullando juntas a cualquier pregonero que pasase por la calle, con el fin de rebajar unos céntimos al precio de su mercancía.

Y, sobre todo, me sigue produciendo un enorme regusto, recordar aquellos otro tiempos en nuestra tierra en los que, a pesar de las carencias, sobrevivíamos a base de ingenio y de imaginación. Y los pregones y pregoneros, formaban parte de esa supervivencia.

Y por eso lo relato. Porque, como otras tantas cosas, son símbolos de unos tiempos que, para bién o para mal, ya no volverán. De unos tiempos que , seguramente, hoy no sabríamos sobrellevar, pero que están ahí, en lo más recóndito de la memoria. De nuestra memoria colectiva.

AUGUSTO SARMIENTO GAVILAN

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