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08 Mar

1ª Parte de Una Expedición Científica a Marruecos - Abril/Mayo-1913

Publicado por larachelamemoriafragmentada

El itinerario que durante dos meses (abril y mayo de 1913), se recorrió fue el siguiente: Ceuta, Tetuán, Fondak de Ain Yedida, Tánger, Arcila, Larache, Alcázarquivir (paralelo 35º), Larache, Arcila y Tánger nuevamente, explorando, sin excepción, todas las regiones intermedias. En el curso del relato se irán detallando las regiones naturales y cabilas visitadas.

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He aquí ahora el diario, que evoca a su autor un mundo de recuerdos

 4 de mayo de 1913

El tiempo ha cambiado; el cielo está todo él cubierto con tendencia a lluvia, y el mar, agitadísimo, de un gris ceniza, con ráfagas verdosas.

En la quietud matinal del día uniforme, algunas nativas, de vestidos albos, avanzan por la playa, camino del cementerio para acompañar sus muertos.

Bien temprano queda levantada la tienda, atados los bultos y nosotros montados a caballo; las inglesas de la víspera, con su cortejo de nabab, nos preceden un buen trecho.

Pasamos, a  espaldas de Arcila (Erzila de los nativos), en el camino que cruza por entre la ciudad y el campamento de Aox, a la sombra de acebuches y granados. En dirección a Larache, por el camino interior en un principio, se corren primeramente lomas de tierras rojas (hmari); más tarde verdaderas montañas, con valles y hondonadas, vestidas de su manto pomposo de lentiscos. Este paisaje africano se halla ahora envuelto en niebla espesa, como un país del N., y en medio de la grandeza callada del panorama, la niebla se deshace en lluvia y nos empapa, abrillantando las hojuelas de los lentiscos.

Así dura el camino, montuoso y áspero, entre la lluvia que lava los cantos, cerca de hora y media, hasta que, sensiblemente, por entre las piedras resbaladizas de un camino, nos desviamos hacia el W., buscando el mar. Los nativos nos hablan del interés que tiene ahora para nosotros el estado de la marea; si hay pleamar nos queda vedado el cómodo camino del mar. Cuando de pronto, en el curso de la discusión, abocamos por el despeñadero de un torrente a la playa misma y percibimos, enhiesto en la torrentera, árida y desierta, un blanco marabut, con aire de abandono, sin más compañía que el ruido del mar, coronado de espumas.

Henos ya en la playa hermosísima, tensa como un tablero hasta cerca de Larache y tan estrecha que el oleaje la llena de sus algas y espumas.

Solo se puede marchar por ella cuando la marea está baja y aun así, las grandes olas bañan de espuma las patas del caballo.

Un cordón de altas dunas, forma, a lo largo de la costa, un faja litoral.

La playa, se extiende ya, hasta la lejanía, sin otro accidente que éste cordón de dunas hasta Punta Cenitosa, momentos antes de llegar a Ain Tfelt (Fuente de las Adelfas), en la que parte del acantilado se ha derrumbado sobre la playa, obstruyéndola y formando un enorme derrumbadero que el mar invade con su oleaje; hay que descender del caballo, pasarlo con grandes precauciones y conducir de la brida, al animal que baja resbalando.

Minutos después, en la desolada extensión arenosa alcanzamos el hermoso oasis de Ain Tfelt, la fuente fresca y serena entre las adelfas, minúscula manchita de vegetación. El agua purísima, brota mansa, al pie de una adelfa, depurada por su filtración detenida a través de las arenas de la duna que se halla allí detrás, redondeada y calva, como el lomo de un monstruo tendido. El paisaje es un tanto extraño; de frente al Atlántico, la planicie risueña y azul, y en el arenal de la playa el bosquecillo de las robustas adelfas gruesas como árboles, rodeado de dunas peladas, tendidas hacia el interior, algunas altas, 60metros, y aquí y allá matas gramíneas, rígidas, amarillentas, imagen de la desolación. Por todas partes el arenal donde se hunden los pies y en el que el aire levanta pálidas oleadas de arena.

Fuerza es detenerse en el oasis para comer, al apoyo del agua y en espera, durante tres horas, de que baja la marea para que nos sea posible reanudar la marcha.

Cuando montamos de nuevo, la extensa playa, ahora dilatada hacia el Atlántico por la bajamar, mantiene su carácter; el caballo trota en la uniformidad del tablero arenoso.

Una hora antes de Larache, doblamos la duna hacia el interior y por la duna misma, que alumbra un sol de la tarde, avanzamos lentamente hasta dar frente al bellísimo Larache, de blanco impoluto en cascada sobre la enorme duna, muerta o fijada que de la orilla izquierda del rio Luccus se extiende hasta más allá del paralelo 35º.

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Estamos en la orilla derecha del río Luccus que describe aquí extensos meandros, como anillos de un monstruo que se retuerce lento; hay una serie de fajas paralelas espumantes en la desembocadura, en el lugar de la barra temible, allí donde se mezclan las aguas dulces y las marinas.

A su vista nos explicamos el antiguo mito del dragón guardador (el río) del Jardín de las Hespérides, que no son sino los fragantes huertos de naranjos que en masas azules se distinguen en la otra orilla.

Como en Marruecos  no hay puentes en los ríos, es de precisión embarcar en grandes lanchones negros para pasar a la orilla izquierda en que se halla Larache.

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Manéjenles remeros nativos, tristes y humildes, sujetos a la mísera soldada que les concede un antipático personaje, legítimo descendiente en línea recta de algún antiguo pirata berberisco, que, tocado con vestidos de colorines y protegido por una gran sombrilla, pasea por la orilla y vigila el negocio, cobrando directamente el importe del pasaje.

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Tiene desdenes de gran señor para todo viajero, maneja los lanchones a su arbitrio en el servicio de mercancías y el hermoso puerto de Larache (siempre lleno de vapores no obstantes sus adversas condiciones), que puede ser un puerto comercial de primer orden, superior al propio Casablanca, se halla en sus manos, ineptas y rapaces. Así los moros le designan con el nombre de mul-uad, el amo del río, porque lo es de hecho. Cobra el pasaje, sin sujeción a tarifa, conforme al aspecto del viajero y en tanto los míseros tripulantes empujan el lanchón, recordando el romance de Góngora, el amo negrero discute con nosotros, se golpea el pecho proclamando su honradez y acaba por confesarnos que vive sobre los “cabaleros”. Nosotros pensamos tristemente que el tráfico del puerto de Larache, el único que tenemos en el Atlántico, de tal importancia estratégica comercial para nuestra zona, está en manos de este pirata y que si la eficacia colonizadora de la raza llega hasta trasladar trozos enteros de la España picaresca, somos ya capaces de cualquier empresa. El comercio de Larache, cuya aduana está abarrotada siempre de mercancías, amontona queja tras queja, clama porque cese la viciosa organización del puerto, fuente de riqueza, vía comercial que no tardaremos en cegar. La situación geográfica y la posición comercial de Larache, sólo a 90 kilómetros de Europa y en el cruce de caminos de Rabat, Wazan, Fez, Alcazarquivir, Tánger y Arcila, son envidiables. De otra parte el río Luccus es navegable hasta Mexera Neyma y forma, en su desembocadura un hermoso puerto natural. Así está de desenvuelto ya su comercio y su movimiento. Medios hay hoy sobrados de evitar la barra, y de construir un buen puerto. Casablanca tiene una barra más temible que la de Larache y los franceses no han vacilado en votar para su puerto 25 millones de francos. Auguramos para Larache un espléndido porvenir, con poco que se favorezcan sus condiciones naturales.

El amo del río, siempre bajo su verde quitasol retira, no obstante ser poco más de media tarde, el último lanchón y he aquí que nos vemos obligados a dejar en la orilla derecha del Luccus. Toda la caravana de  nativos y caballos, los cuales pasan la noche al abrigo de un barracón, hasta el día siguiente.

Juan Dantin

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